El chicle en quintana roo: un viaje por los caminos y voces de los chicleros

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Lo que hoy día es Quintana Roo fue creado por decreto el 24 de noviembre de 1902 como territorio federal por el entonces dictador Porfirio Díaz.1 A lo largo de ese mismo siglo había sufrido una serie de transformaciones políticas y territoriales que singularizan su corta historia. El 10 de junio de 1913 desaparece y se anexa a Yucatán, pero dos años después es reintegrado nuevamente como territorio con las mismas características que tenía. El 14 de diciembre de 1931 su extensión es repartida entre los estados de Campeche y Yucatán, sin embargo, el presidente Lázaro Cárdenas le devuelve sus antiguos límites el 11 de enero de 193Después de tantas vicisitudes, el 8 de octubre de 1974 se le otorga la categoría de estado libre y soberano por una iniciativa presentada al Congreso de la Unión por el entonces presidente de la República, Luis Echeverría Álvarez [véase Careaga: 1998].

El proceso de poblamiento de esta zona de México tuvo características especiales, ya que en los albores del siglo XX gran parte de los habitantes constituía una población flotante, pues los hombres llegaban sólo durante el periodo de la explotación del chicle (de junio a febrero), y como no hallaban condiciones de vida urbana ni otra forma de trabajo (aunque algunos se dedicaban al corte de maderas de marzo a junio), se regresaban a su lugar de origen, o bien, optaban por Campeche o Yucatán, que ofrecían mayores posibilidades de desarrollo.

Si se atiende a que la población que explotaba el chicle y se dedicaba al corte de madera sirvió para poblar la selva quintanarroense,2 ¿dónde se hallaban los caminos terrestres —llamados caminos de herradura, veredas de indios o caminos de hacha y machete— que iban de las centrales a los hatos? [Bautista: 1998].3

Además de estos hatos estaban las centrales que manejaban los permi-sionarios4 y que albergaban a un número mayor de chicleros. En 1955, de un total de 17 cooperativas, aparecen en nómina 1 727 individuos, mientras que en 10 grupos manejados por los permisionarios son un poco más de 1 000 hombres los enlistados. Si se toma en consideración que un hato se conforma de 25 hombres aproximadamente, tendríamos que en la temporada 1955-1956 estos 27 grupos de hombres formaron casi 110 hatos en la selva; y no sólo eso, sino que al ser campamentos, su número se multiplica considerablemente.

Ahora bien, hay que recordar que, en 1929, Moisés Sáenz hizo un recuento de la población durante la temporada chiclera: 8 000 chicleros,5 2 000 indios, 2 000 empleados y poca gente más. Es decir, esos 8 000 hombres tuvieron que formar 320 hatos aproximadamente y, si se toma en cuenta su movilidad en medio de la selva, el número se elevaría a casi 1 000 distribuidos en tres sitios diferentes. Establecer la ubicación de esos hatos, si bien no la totalidad de ellos, es uno de los objetivos de este trabajo.

La población indígena se incorporó a la producción de chicle a través de Francisco May, su jefe,6 quien la explotó y la integró al mercado capitalista; de ahí que se pueda afirmar que en Quintana Roo el chicle fue el vencedor de la resistencia maya.

Este proceso de poblamiento tuvo dos factores en su contra: la falta de caminos y el tipo de formación de campamentos móviles,7 que impedían —por la misma condición nómada que exige la explotación del chicle y de la caoba— la formación de núcleos poblacionales, ya que éstos debían tener una central cerca de la costa o del río Hondo, o bien, junto a los pocos caminos que iban a Peto y Valladolid en Yucatán. Debido a las circunstancias de alejamiento del centro del país y a la falta de vías terrestres internas, no se cuenta con datos fidedignos sobre la población total de la zona, y menos aún de los hatos chicleros.8

La falta de caminos terrestres ya había sido evidenciada en 1916 por el ingeniero Salvador Toscano, cuando junto con Pedro Sánchez llegó a Quintana Roo al frente de la Comisión Geográfico-Exploradora: "El trabajo era más difícil de lo que a primera vista parecía, por la dificultad de penetrar en el bosque, debido a que no solamente no hay caminos, ni siquiera veredas, siendo indispensable abrir pequeñas brechas para penetrar en el bosque" [Toscano, 1920]. En 1920 el mismo Toscano describe parte de su penoso andar por esas tierras olvidadas, a las cuales había visitado por segunda vez en enero de ese año, y concluye su informe insistiendo en la necesidad de dotar de vías de comunicación fáciles a la lejana región para lograr que se colonizara pronto y así alejarla de la tutela de la colonia inglesa de Belice.

Índice
  1. El chicle
  2. Los caminos de los chicleros
    1. Ponciano Argüelles
    2. José Cáceres
    3. Isidro Quiterio
    4. Gabriel Córdoba
    5. Rogelio Forbes
  3. Las voces de los chicleros
    1. Enganche, monteo y hato
    2. Utensilios y herramientas
    3. Extracción de la resina

El chicle

El chicle, que resulta de la deshidratación de la resina del chicozapote (Achras zapota), ya era conocido por los indígenas mayas, quienes lo llamaban sicté y lo obtenían extrayendo la resina mediante procedimientos ancestrales,9 con la cual después preparaban barras blancas que envolvían en hojas de maíz o de otra planta para procurar su endurecimiento. Lo usaban en algunas ceremonias religiosas, también para limpiar la dentadura y principalmente para mitigar la sed [Poot, 1982: 12].

La explotación del chicle en Quintana Roo dio inicio aproximadamente en 1880 con la Compañía de la Costa Oriental y El Cuyo y Anexas, que ocuparon la parte norte del territorio federal. En 1915 comenzó la explotación sistematizada en las zonas sur y norte, pues la parte central del estado se hallaba ocupada por los mayas rebeldes. De manera general, la explotación del chicle en Quintana Roo ha pasado por tres periodos, siendo el que va de 1942 a 1943 el más importante, ya que en él se alcanzó una producción histórica de 3 460 toneladas [Ramos Téscum, 1994: 72].

Actualmente en Quintana Roo son 27 cooperativas y 5 secciones las que se dedican a la extracción y comercialización de la resina. Ésta se produce en los terrenos ejidales de los municipios de Felipe Carrillo Puerto y Othón P. Blanco —en el centro y sur del estado, respectivamente— y da ocupación a alrededor de 3 500 productores [Ramos Téscum, 1994: 73].

La incomunicación de Quintana Roo con el resto de México por la falta de caminos terrestres fue hasta hace pocos lustros una característica de esta zona de la península de Yucatán.10 Convertido en una colonia penal llamada Cuerpo de Operarios en los inicios del siglo XX, Quintana Roo recibía por mar, en barcos de la flotilla del Caribe, desde sacerdotes y periodistas, hasta diputados y políticos disidentes del régimen porfirista. Por mar llegaban los comestibles y las personas, y también por la misma vía salía del país la producción de chicle y de maderas preciosas. No existía otra manera de transportarse hacia y desde Quintana Roo. Así es que, dadas estas circunstancias, el transporte marítimo en el norte y fluvial en el sur tuvieron cierto despunte. Por mar llegaron los llamados "tuxpeños" hacia 1915, quienes, según los conocedores del oficio, llegaron a ser los mejores chicleros de la región; por mar llegaron también los gobernantes y sus comitivas de administración, y por la misma vía llegaron los primeros maestros rurales [Careaga, 1998].

La comisión encabezada por Ulises Irigoyen, que visitara la entidad en 1934, imprimió en su informe las condiciones deplorables que existían en Payo Obispo, "pues en toda aquella zona la falta de medios de comunicación terrestre y marítima, y el estado de abandono de los servicios, mantienen en la más triste condición a los moradores del lugar" [Irigoyen, 1934].11 Los informes setutorialn viajando muchos kilómetros para ser evaluados y desarrollados, sin embargo, ninguno de los proyectos se llevó a cabo, y tuvieron que pasar muchos años para que al menos la carretera Chetumal-Peto (iniciada en 1940) fuera una realidad.

Sobre la relación del hombre con los caminos, el profesor Santiago Pacheco Cruz comenta: "La cuestión de caminos no preocupa ni interesa a los indígenas; se sienten muy felices con tener los que conducen a sus milpas. Cuando en las reuniones a las que los convocábamos les decíamos que abrieran caminos, nos respondían sin titubear que estaban mejor así, porque así nadie los molestaba ni importunaba con sus visitas, y si insistíamos, como buenos observadores, decían: ¿por qué el gobierno no manda abrir los caminos que de Santa Cruz conducen a Peto o a Valladolid para darnos el ejemplo...?" [1934: 10].12 Continuando con el tema, el profesor decía que, si se toma en cuenta que para llegar a los pueblos se necesitaban de seis a ocho horas en caballo, se puede concluir que éstos estaban considerablemente distanciados unos de otros, a lo cual se sumaban las dificultades que los arrieros tenían que enfrentar en su jornada diaria, y sin quienes las mercancías no llegaban a los hatos ni el chicle a las centrales. Es decir, sin las arrias no había nada.

Fue en la década de los treinta cuando algunos contratistas introdujeron el avión como medio de transporte en sus negocios de chiclería. A pesar de la pronta propagación del transporte aéreo, las arrias setutorialn siendo muy útiles para la extracción de la resina, pues había muchos lugares de difícil acceso. Con todo, la actividad chiclera de hecho fue el factor que desarrolló la aviación en el sureste de México.

Pero, ¿cómo eran en realidad estos caminos en medio de una selva que los devoraba ferozmente cuando terminaba la temporada de extracción de la resina y no eran utilizados o ensanchados por los tumbadores de caoba y cedro durante la época de secas? ¿Dónde estaban situados geográficamente y cuántos eran los hatos chicleros en toda la gran extensión que cubre la selva quintanarroense? ¿Qué población tenían? ¿Cómo vivían estos hombres en medio de la selva, que no les ofrecía ni seguridad ni comodidades sino, más bien, peligros y precariedades? La historia oficial no siempre revela la realidad de estos hombres, sus andanzas y caminos, sus angustias y su trabajo.

Para dar respuesta a estas inquietudes hubo que recurrir a la entrevista directa; sólo mediante ella se logró recuperar de la memoria de estos hombres viejos, si no la ubicación exacta de los hatos, al menos una aproximación lo más real posible de ellos. Pude rescatar al mismo tiempo su visión de la selva y de su trabajo13 ejecutado en medio de ese infierno verde y, asimismo, sus palabras impregnadas de neologismos y significados singulares,14 palabras que migraron desde Tuxpan, Belice, Guatemala y Honduras hasta aquel territorio casi despoblado del sureste mexicano para describir la realidad de un sitio semejante, del que provenían estos hombres rudos.15 En los mapas 1 y 2 se compendia el intento por mostrar dónde se hallaban estos hatos chicleros, algunos únicos y hoy desaparecidos por la selva, otros, herederos de una mejor suerte.

Los caminos de los chicleros

A pesar del tiempo transcurrido, la memoria de los chicleros ha arrojado abundantes testimonios acerca de la localización de los diversos caminos y de los diferentes campamentos o hatos en los que desarrollaron un trabajo que, si bien no los enriqueció, marcó en ellos un modo de vida hoy difícilmente concebible.

Cedo ahora la voz para que sean ellos mismos quienes den cuenta de los derroteros que siguieron en la ruda tarea de extracción del chicle. El lector puede seguir con atención estos relatos y observar los mapas para ubicar de manera aproximada los hatos que han logrado rescatar de sus recuerdos estos chicleros y arrieros. Dadas las características de este trabajo, presento solamente el testimonio de algunos de estos hombres, testimonios recogidos en Chetumal, Noh-Bec, Felipe Carrillo Puerto y Cozumel durante 1996 y 199

Ponciano Argüelles

Trabajó en el chicle de 1928 a 1955 en varios lugares de Quintana Roo. Se inició cerca de lo que hoy es Cancún en varios campamentos, como La Mula Muerta, El Pifiar y El Agua Apestosa, por el rumbo de un rancho llamado Buenaventura, donde trabajó con un contratista que metía alrededor de 500 hombres y los distribuía en unos 20 campamentos. De este rancho salía un camino de herradura, y a siete u ocho kilómetros estaba La Vega, donde estuvo el Banco de Londres, y de ahí salía otro camino hasta llegar a un lugar llamado Taamul, que estaba como a una legua de Paamul. De Leona Vicario salía una vía de ferrocarril que tenía cuatro estaciones: San Salvador —a nueve kilómetros—, que fue campamento chiclero, Santa Angelina —central chiclera—, Santa Matilde y Puerto Morelos. Trabajó también en Tres Marías, Los Molín, El Calabazar y El Limonar, cerca de Leona Vicario; también en Moctezuma, donde estaba la central de los hermanos Baduy, quienes metían de 400 a 500 hombres que buscaban el rumbo de La Arrogancia y sacaban el chicle por Punta Gorda, que también era central de estos dos hermanos. En el sur, trabajó en Laguna Guerrero como trabajador libre. Por ese rumbo estuvo en Xtocmoc, a donde se llegaba por un camino en la orilla de la laguna de Bacalar; ahí estuvo en los campamentos El Fogón, Santa Cruz Chico y Buenavista. Más al sur trabajó en Estero Franco, Central Flores y Los Lirios, estos dos últimos lugares tenían pista de aterrizaje.

La avanzada edad de este hombre (81 años) confirma, por un lado, un tipo de vida sano en la selva y la convicción de permanecer en ella desarrollando este rudo trabajo; y por el otro, una experiencia de vida amplia que recorrió gran parte del territorio quintanarroense, y lo más importante, una memoria brillante que compendia lo más destacado de este andar montaraz.

José Cáceres

Trabajó en el chicle como 40 años, y para ir a sacarlo tenía que caminar 15 o 16 kilómetros diariamente del trabajadero al hato, ida y vuelta. El chiclero tiene su propio rumbo y casi nunca se pierde. Estuvo en Central Flores, Los Cantiles y Río Escondido; luego en Laguna Guerrero, Juan Sarabia, Polinkín y El Parnaso. De ahí trabajó en la central El Pulguero y en los campamentos Dos Aguadas, El Gallito, La Pasadita y finalmente en Los Lirios. Ahora todos son pueblos y tienen carretera, pero en ese entonces era pura brecha de mula. Luego estuvo en Cocoyol en dos campamentos: El Mameyal y Dos Amores; y en Sacxán en el campamento llamado Los Monos. En ese tiempo decían que había unos 3 000 chicleros en el monte, y sin duda así era, porque un solo contratista metía 300 hombres y éstos movían sus campamentos cuando se acababa el chicle y todo lo llevaban tres o cuatro leguas adelante; sólo las casas o hatos se quedaban y se volvían a usar por otros chicleros cinco o seis años después, o por los tumbadores de caoba, aunque muchos desaparecieron porque el clima cambió y ya no llovía como antes, por lo que no había agua.

La experiencia de este hombre no sólo hace ver las condiciones que existían en Quintana Roo hace varias décadas en cuanto a caminos y otras vías de comunicación, las cuales acarreaban precariedades notorias en las viviendas y formas de vida, aunque también muestran la valentía de la gente para sobrevivir en un medio hostil, sin vacunas y con un promedio de vida bajo.

Isidro Quiterio

Trabajó con su padre en Belice y Guatemala. De Cocoyol caminaba entre la selva más o menos una semana, pasando por La Unión, Blue Creek y Dos Lagunas, que era el primer campo aéreo en el departamento de El Petén en Guatemala. Trabajó en Cocoyol en los campamentos Tubrús, La Llorona, El Cambio, El Corozal, El Naranjal, La Juventud y Aguada Seca. También en El Pilón y Cuatro Leguas en el ejido de Juan Sarabia y Pucté, respectivamente.

Este hombre fue el que ayudó mucho en la elaboración del cuestionario, pues su plática estaba llena de términos propios de la lengua de los chicleros. Con paciencia y espíritu de colaboración, sus comentarios fueron la semilla que estructuró el conjunto de preguntas que luego pudieron aplicarse a otros temerarios chicleros.

Gabriel Córdoba

Trabajó casi 30 años, primero como arriero y luego sacando chicle. Recuerda claramente el campamento El Pocito, que estaba a tres leguas de Laguna Guerrero, al oriente estaba El Chilar, luego La Unión, Lágrimas, El Toro y Los Cocos. Luego laboró en Ramonal, a cinco leguas del cual estaba la primera hornada, que se llamaba El Ramonalito, allí se le daba de comer a las bestias un árbol que se llama ramón; a 12 leguas estaba Central Balito, luego Hauactal, después Sabanita, que era la última central de la cooperativa Quintana Roo. Luego trabajó en Chacchoben, Noh-Bec, Petcacab y Polinkín, de donde salía el chicle en avioneta rumbo a Peto para la compañía Wrigley. Estuvo en Tres Garantías, Botes, Agua Blanca y Chunabá, de donde salía un camino para Dos Aguadas, y cerca de ahí estaban los campamentos Las Galeras, El Naranjal y El Tasistal, de este último salía un camino hacia Estero Franco. Cerca de Tres Garantías está Los Tornillos, de ahí al poniente se llegaba a La Pasadita y Dzibal, donde había mucho lagarto y cacería. Trabajó también en Las Palmas y Polyuc, cerca de Kilómetro 50 (hoy José María Morelos), de esa central había 9 leguas hasta El Llano Grande, y de ahí 7 a El Plan de la Noria, 12 leguas a Puerto México y 10 a Los Lirios. Adelante de Puerto México está el bajo de El Tecolote, de donde se puede llegar a La Garcita. Hacia abajo está Las Pailas y El Huasteco. Cerca está el bajo de La Invencible y de ahí se llega a Central El Mexicano. A veces salía de Santa Cruz Chico al Kilómetro 50 y caminaba durante cuatro días, dormía primero en Noh-Bec, Yoactún, Polyuc y finalmente en el Kilómetro 50. En total eran 20 leguas. Cuando pegó el ciclón Janet en 1955, caminó desde Caña Brava hasta San Antonio Soda entre el lodo y la muerte. En el ejido de Caobas estuvo en Las Pailas, Caña Brava, El Habanero y Dzibal. De la zona de Carrillo Puerto conoció Xhazil, Hazil, El Porvenir, Los Divorciados, La Gloria y La Sabanita. De Bacalar pasó a La Garcita, como a dos leguas de Los Lirios hay un campamento que se llama Los Lirios Viejos, y de ahí pasó a El Niño Perdido, donde había lagartos. A 22 km de Xtocmoc estaba La Virtud, y de San Antonio salía un camino para un campamento que en 1950 se llamaba Reforestación y Pozo San Pedro.

Con 73 años, este hombre señaló en un mapa, durante varias sesiones, todos los hatos que conoció en las varias décadas que se desempeñó como arriero y chiclero. La señalización no resultó fácil de hacer, y a él se debe la ubicación —aproximada— de los campamentos chicleros, hoy día tragados por la espesura de la selva.

Rogelio Forbes

Se salía de Chetumal en barco rumbo a Bacalar, pasando por los arroyos. Ahí trabajó en Xtocmoc, El Cenote, Charco Verde, Las Tortugas, Petcacab, Polinkín, Los Monos y El Charcal. Además, de Santa Cruz Chico salían la Petronila, Fanchote y Santa Elena, que eran barcos que llevaban el chicle hasta Chetumal. También estuvo en La Campechanita, Los Tornillos y Central Hidalgo, ya casi pegado a Campeche y a Guatemala. Generalmente se trabajaba de mes a mes y medio en cada sitio, y cuando se acababa el zapote se cargaba con todos los tiliches y se iba a otro lugar.

Hoy hombre de ciudad, ayer franco chiclero, este personaje hizo ver en su plática las grandes necesidades que la gente tenía en este rincón de México, la precariedad de una preparación profesional para la vida y el gusto por el trabajo montaraz. De todo ello parece haber extraído una gran enseñanza: "nosotros sólo estamos de paso, la selva seguirá dando lo que sabe dar y el hombre sabrá hasta dónde recoger este regalo".

Los anteriores testimonios —que son sólo una mínima parte de los recogidos— permiten rescatar una forma de vida hoy ya inexistente, y además son la prueba fehaciente de la intrahistoria de los caminos y génesis de varias poblaciones quintanarroenses.

Los estudios económicos e históricos resumen en pocas líneas distancias de varios kilómetros entre un hato y la central, por ejemplo: "el chicle se concentraba en Carrillo Puerto para luego ser transportado a Vigía Chico y Cozumel, Quintana Roo, así como a Peto, Yucatán" [Ponce, 1990: 7]. Sin embargo, ¿de qué zona y cómo se obtenía la resina, cómo se transportaba el chicle, en qué forma, en cuánto tiempo y en qué condiciones? Sólo los arrieros o los mismos chicleros pueden responder estas preguntas, algunos de los cuales dan respuestas muy detalladas, incluso con la descripción topográfica de la región o los quintales que soportaba cada bestia.

Ahora bien, ¿por qué los hombres llaman caminos de cruces a las vías que transitaban? Al mencionarlos no están aludiendo a los ramales o entronques de dichas vías, sino a las cruces que quedaron allí sobre los cadáveres de varios de ellos en pleno corazón de la selva. Las muertes eran por varias causas: caídas de los árboles originadas por el corte accidental de la lechuguilla que soportaba al chiclero o mordeduras de víbora, pero principalmente por pleitos entre el personal.

"Hubo muchos accidentes —según testimonio de Francisco Puc—, muchos chicleros quedaron enterrados en la selva: los mordía una culebra o se les cortaba la soga, o entre ellos se mataban por alguna mujer, la cocinera u otra. Yo vi muertos de caída y a mano de otro; les poníamos su crucecita y se le daba parte al jefe de campo". Cuenta Herrera [1946: 156] que los indios de Quintana Roo "viven en jacales aislados uno del otro, o a distancias a veces de varios kilómetros y solamente unidos por un "picado", es decir, por una vereda que sólo ellos transitan y en la que sólo han doblado las ramas de las hojas", pues en el territorio no hay ferrocarriles ni caminos; la selva ocupa la mayoría del territorio.

En el cementerio de Noh-Bec, Manuel Mejido, un reportero de un diario capitalino, descubrió una lápida en la que puede leerse: "Aquí yace Aquiles Fuentes López, muerto a manos de Gregorio Hernández el 19 de marzo de 1936", que es el sumario de un pleito entre chicleros, uno de tantos que allí ocurrían [Bautista, 1998: 26].

Otro camino que a veces tomaba la vida de un chiclero era la locura; el mismo Beteta [1937: 22-23] cuenta una historia que le fue referida cerca del río Hondo. Según le contaron, un hombre se extravió al perseguir a un pavo de monte y "ocho días después se presentó a uno de los hatos un hombre macilento, con la faz desencajada, perdida la razón, que llevaba en su puño un pavo de monte totalmente corrompido". Este hombre resultó ser pariente lejano de la madre de quien esto escribe, quien le refirió la anécdota muchos años antes de que la hallara documentada en el texto de Beteta.

Las voces de los chicleros

Las historias de estos gambusinos de la selva podrían prolongarse para tratar de descubrir los misterios de estos caminos montaraces. Baste con mencionar que, amén de lo realizado por estos hombres en materia de comunicación en la selva tropical de Quintana Roo, su lenguaje especializado ha producido términos de gran vitalidad entre ellos. Formas lingüísticas como trabajadero, chiclerada, guisandero y picadero son neologismos en nuestra lengua acuñados por estos hombres en su necesidad diaria de comunicación, y que, si bien no son registrados por el Diccionario de la Real Academia Española, son de uso común en la región, uso que es alimentado en gran medida por la lengua maya que, en calidad de adstrato, ha influido en el nivel léxico otorgándole a esta habla un colorido y matiz especiales.

En la recopilación de los materiales lingüísticos se empleó el método conocido como "palabras y cosas", que parte de la idea de la migración de una lengua a otra, o de un dialecto a otro, de las palabras y las cosas que denominan, de modo tal que el grupo social o el pueblo que las recibe enriquece a la vez su lengua y su cultura material.16 Es así que, mediante la pregunta indirecta —que consiste en describir lo que se desea saber cómo se denomina en el habla local a fin de que el informante comprenda lo que se le está preguntando y pronuncie el nombre correspondiente sin sugerirle respuesta alguna— obtuve una lista de formas que sobrepasa las 150 denominaciones, las cuales me han permitido acercarme a la idiosincracia, costumbres y peculiaridades del grupo social que forman los chicleros.17

Apoyado por los mismos chicleros, y excavando en sus recuerdos, estos hombres convirtieron el escaso cuestionario que me servía como tutorial de entrevista en un cuestionario de extensión considerable. Dicho cuestionario fue modificándose —a veces en cada entrevista surgían nuevas denominaciones— hasta formar una unidad homogénea que cubre todas las actividades del rudo trabajo en el monte. La coherencia de esta tutorial de cuestiones se basa en que está estructurada en varios campos semánticos que permiten conjuntar, de manera ordenada y sistemática, palabras y fenómenos semejantes en cuanto a su significado. No creo que sea el momento de debatir sobre la utilidad que tienen los cuestionarios en la investigación dialectal, pero sí puedo afirmar que la tutorial con cuestionario da unidad a la conversación. Es más, la veracidad y exactitud de los datos lingüísticos que se pretende obtener se logra más fácilmente con un cuestionario, pues así el informante sabe desde el principio lo que se pretende de él. La siguiente nómina, presentada en campos semánticos, muestra la vitalidad y singular uso18 de las palabras en esta lengua especializada.

Enganche, monteo y hato

Al llegar la época de lluvias a Quintana Roo comenzaba la temporada del chicle.19 Los capataces20 andaban en busca de chicleros para engancharlos.21 Cuando los consetutorialn (cosa que no era rara, pues la temporada del corte de caoba ya había concluido y los hombres no tenían trabajo) les daban un anticipo,22 el administrador23 les abría una cuenta en la bodega de la central,24 en donde podían adquirir víveres para su familia, y les entregaba el quincenal25 para que cubrieran sus gastos más urgentes antes de irse a la montaña. Cuando el chiclero era soltero sólo se abastecía en la bodega del campamento.26

Las bodegas se hallaban en las centrales de la ribera del río Hondo; en ellas, aparte de los víveres, se concentraba el chicle, que era llevado hasta Chetumal en barcos y entregado a la Federación de Cooperativas, una institución fundada en 1940.

El capataz, llamado también jefe de campo o encargado de campamento, era la persona que enganchaba a los chicleros y los presentaba al administrador, quien era el que consetutorial las refacciones27 para los hatos a su cargo. El mismo capataz hacía las labores de monteo28 y la de escoger el sitio en el que se levantaría el campamento.

El campamento debía estar cerca de alguna aguada29 o laguneta,30 nunca en el monte blanco,31 sino en el zapotal,32 que generalmente se hallaba en plena montaña33 después de los bajos. Si no era posible colocarlo cerca de la aguada, se contrataba un aguador.34

Una vez avituallados, los chicleros iban a chiclear.35 Partían de la central, no sin antes disfrutar de una gran fiesta que ellos mismos organizaban para despedirse de sus familiares, ya que pasaban varios meses en la montaña. Muchos de ellos nunca regresaban.

Generalmente los chicleros partían dos o tres días antes de que lo hicieran las cocineras36 y los arrieros.37 Con sus machetes picamonte,38 afilados con piedra de mollejón,39 los que iban al frente abrían brechas que ensanchaban los de atrás, transformándolas en caminos de herradura40 para que por ellos transitaran las arrias.41 El capataz iba al frente, y él era quien dirigía la caravana pedestre. Desde ese momento empezaba su labor de monteo, se orientaba con el sol y por la luz sabía la hora del día, escuchaba el croar de las ranas para localizar aguadas. Caminaban varias leguas hasta llegar al lugar elegido.

Una vez en el sitio que se destinaba para instalar el campamento, el capataz distribuía las tareas, ayudaba a tumbar los árboles para construir las champas,42 etc. El camino de la central al campamento duraba varios días, pero una vez que habían llegado era necesario ponerse a trabajar para recibir a los que faltaban.

Lo primero que se instalaba era la champa para la cocina. En ella se hacían los guisanderos:43 uno a ras del suelo para las ollas grandes y otro más arriba para echar las tortillas, freír, etc. En la misma cocina se hacía el cuarto para la cocinera, y éste era el único en todo el campamento que tenía paredes de guano.

arbol chiclero - Qué hacen los chicleros

También se levantaba el cocinadero44 para cocinar el chicle ; en él se instalaba la hornilla45 de barro para que la resina recibiera el calor con uniformidad, y a veces se disponía de lugares para asentar los depósitos46 en sus bases, procurando que los cobucones47 no llegaran al suelo con el fin de evitar que la resina se humedeciera.

Hechos la cocina y el cocinadero, se iniciaba la construcción de los hatos48 para que la chiclerada49 durmiera; antes lo había hecho en los arrimaditos,50 que eran casas provisionales de fácil fabricación.

En cuanto llegaban las primeras arrias al campamento, éste tomaba vida, pues era la cocinera quien muchas veces movía a los chicleros. Se descargaba a las bestias, se les daba de comer y de beber y descansaban los arrieros.

Las arrias salían de la central con los víveres cada 15 días e iban haciendo escalas cada hornada51 en los parajes52 rumbo al hato. En ellos, si las arrias eran bastantes, a veces había un ramonero,53 si no, los mismos arrieros ramoneaban54 y alimentaban a las bestias con ramón55 cubrían la mercancía con los trapoles56 y descansaban. Al día siguiente continuaban. Cuando el patacho57 era muy grande, se contrataba un jalayegua.58

Las arrias eran el único medio de transporte, y muchas de ellas se perdieron con todo y cargamento al ser arrastradas por la corriente. Hoy los chicleros se transportan en bicicletas, van a su trabajadero59 y regresan el mismo día con su chivo60 lleno; por ello el hato ha ido desapareciendo del paisaje del zapotal.

Utensilios y herramientas

Los utensilios los proporcionaba la Cooperativa y eran abonados a la cuenta de los chicleros (menos los espolones61 y el machete, que sí eran de su propiedad). Al terminar la temporada devolvían el equipo a la Cooperativa y ésta les regresaba su dinero.

Las herramientas que usaba el chiclero en su tarea diaria eran: la costalía,62 los machetes moruna63 y pando64 bien despalmados,65 la lazadera o lechuguilla,66 la bolsa aparadora,67 la bolsa recogedora,68 el chivo, el depósito y los espolones. En la costalía además llevaba cerillos, un poco de petróleo, el lunch69 y la cantimplora. Sobre toda la ropa llevaba la manga.70

Extracción de la resina

Para empezar el corte hay que limpiar alrededor del árbol, quitarle muy bien los sesgos de palo. Se preparaba la base del tronco, se chipeaba71 la cáscara para hacer la cuchara72 hasta que apareciera el sámago.73 Una vez desconchado74 el palo, se empezaba a picar,75 se le practicaban dos cortes al tronco y rápidamente, con un corte hacia arriba en la base, se hacía la cuchara en la que se colocaba la bolsa aparadora, la cual pendía de un clavo de madera puesto en el propio tronco.

Se tronqueaba76 el árbol en brazadas.77 Luego, el chiclero echaba mano de la lazadera para escalarlo. El espejo de corte78 debía ser exacto en tamaño y profundidad para que la resina del árbol escurriera bien. Había que tener mucho cuidado al cortar, pues a veces el machete se enconchaba79 y se corría el peligro de que, al dar el siguiente golpe, se resbalara y cortara la lazadera, lo que significaba caer al vacío y no vivir para contarlo. Cuando se terminaba de trabajar el tronco, se pasaba a las ramas para florear80 el árbol y hacer que la madera coleara,81 aunque esto pudiera provocar la muerte de la planta a pesar de estar samaguda.82

Si el árbol ya había sido trabajado y no parecía haber encallado83 aún, se le podía hacer por la otra cara un corte abotonado84 o un corte de manito de lagarto.85 Así era la labor de picar del chiclero. La técnica no ha cambiado, pues se sigue utilizando la misma que se empleaba desde hace 40 o 50 años. Cuando el chiclero terminaba con un árbol se pasaba a otro, y así sucesivamente desde las

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